miércoles, 21 de noviembre de 2012

HABITO 4


Es una actitud ante la vida: puedo ganar y los demás también, y es básico para convivir bien. Se basa en creer que somos todos iguales. En las relaciones con los demás no se trata de ganarles, sino de ganar en la relación. El autor asemeja el impulso por vencer a los demás a un tótem, a una medida, en la que solo importa tener la mayor parte, de lo que sea.

Aunque nos han educado para pensar en términos de competición (sobre todo en países occidentales), se deben evitar estos comportamientos:

- Utilizar a otras personas para lograr los propios propósitos de manera egoísta
- Intentar avanzar a su costa
- Difundir rumores sobre otra persona
- Insistir en salirse con la suya, sin tener en cuenta lo que sienten los demás
- Tener celos o envidia cuando a alguien le sucede algo bueno

La actitud contraria a ganar-perder, sería perder-ganar: es sentirse siempre pisado por los demás, verse con bajas expectativas y renunciar a las propias normas vitales. Es una actitud de dejarse avasallar, ocultar lo que uno siente, no alguna vez, sino como manera de afrontar la vida. La espiral descendente llega cuando adoptas la actitud de perder-perder: cuando dos personas quieren ganar a cualquier precio, suelen perder las dos, porque se ocupan sólo de que el otro fracase.

Puede suceder también así en las relaciones amorosas, pasando de ganar-ganar a perder-perder, debido a la dependencia emocional, que termina en una lucha por que el otro pierda el poder acumulado sobre uno mismo. La actitud de ganar y ganar es la que nos permite avanzar: es más agradable, pero no es fácil, es preocuparse por los demás, por uno mismo, y permite mayores logros, es compartir. Es una actitud que crea más posibilidades. ¿Cómo pensar de ese modo? Primero el autor considera necesaria la victoria privada, superar la inseguridad o desconfianza en uno mismo. Hay dos malos hábitos que lo impiden: la competitividad y la comparación excesivas.

HABITO 5 

Entender a los demás y ser entendido es la necesidad más profunda del ser humano. La clave para la buena comunicación es primero entender y luego ser entendido. Ver las cosas desde el punto de vista del otro, para comprender.

Hay cinco malos estilos de escuchar a los demás:

- Distraerse
- Fingir que se escucha
- Escuchar sólo una parte de lo que dice
- Escuchar sólo palabras, sin comprender
- Escuchar de manera egocéntrica, pensando solo en uno mismo

Cómo se escucha de verdad: hay que hacer tres cosas  

1) Escuchar con los ojos, el corazón y los oídos, es tener en cuenta el lenguaje corporal, el tono, el sentimiento, el significado que ponemos en la expresión verbal, el énfasis en cada palabra. Escuchar además lo que no dicen, lo que pueden sentir pero no se atreven a decir. Esto es importante entre los adolescentes, que a menudo piden que “escuchemos lo que no dicen”.
2) Ponerse en su lugar, intentar ver el mundo como lo ven los demás y sentir lo que sienten. Las personas tenemos cada uno nuestro punto de vista y se puede tener distinta razón sobre algo, sin que sea una competición por ver quien se lleva la razón.
3) Pensar como en un espejo, reflejando lo que la otra persona dice, repitiéndolo con tus propias palabras, no imitando, sino repetir el significado, utilizando palabras distintas y con calidez afectiva y atención. Son esas frases que sabemos que facilitan la comunicación: “me parece que sientes…”, “yo lo veo así…”, “noto que te sientes…”, “lo que dices es que…”.. Sobre todo cuando es una conversación importante, hay que dedicarle el tiempo y la atención necesarios.

Comunicarse bien es difícil y se trata de hacerlo con los padres, es todavía más complicado para el adolescente: tienen que hacer el esfuerzo de intentar escucharles, como a sus amigos. El adolescente se queja mucho de que no le comprenden, pero es que él también tiene que comprender a los adultos. Cuando deciden comprender, sienten más respeto y consiguen más cosas, pueden encontrar mejores soluciones y hacer lo que querían hacer con menos problemas. Para esto es bueno preguntarles mucho, por lo que les pasa a ellos, siendo amable y pensando desde su punto de vista. Cuando se ha escuchado a los demás, ¿cómo puedo hacerme entender?

Se necesita valor para hablar de lo que uno siente, confianza en que podemos decir a los demás lo que nos pasa. La mitad del hábito es escuchar, la otra mitad ser valiente para expresarse. Hay que decirles a los demás cómo les vemos, lo que aprendemos de ellos. Hay que hablar desde el “yo”, hacia los demás, es decir, hablar de uno mismo, de lo que a uno le sucede y no tanto de lo que pensamos que les pasa a los demás. El principal obstáculo para hacerse entender es no emitir los mensajes adecuados, que deben tener en cuenta lo que le pasa al otro y centrarse en uno mismo, referirse a uno mismo.

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